Japon, flamenco y huevos duros

Japón es un país lejano, auténtico, precioso y Flamenco. Muy Flamenco. 

En el año 2.015 estuve trabajando allí cinco meses en Osaka, al sur del país, muy cerca de la milenaria y antigua capital de Japón, la exquisita y bella Kioto. 

Fui allí contratada para impartir clases, bailar en tablaos y coreografiar el espectáculo de fin de curso, de la escuela de Flamenco, Punta y Tacón, de la todoterreno bailaora y profesora de flamenco Mariko Matsumoto.

Primera toma de contacto: matrícula de honor

Después de mi aterrizaje en Osaka, y tras 22 horas de viaje, me recogió en el aeropuerto la secretaria de la escuela de Mariko, de la que no recuerdo ahora su nombre, aunque sí su acogedora expresión. 

La comunicación entre ambas fue limitada, ya que el inglés allí no es un idioma del que se tenga mucho manejo, y el nivel medio de les japoneses, por lo general, suele ser más bajo que el nivel medio de inglés que hay en España.
Parece increíble, ¿verdad?, que les españoles tengamos más nivel en inglés que en otro país, pero es cierto :).

La secretaria me llevó hasta mi pequeño y coqueto apartamento, donde se despidió de mí hasta el día siguiente.

En el que sería mi nuevo hogar por unos cuantos meses, me recibió un precioso ramo de flores decorando el salón, junto a una tarjeta de bienvenida, y una estupenda cena japonesa. 

Después me metí en mi pequeñita y confortable cama y caí rendida en un “plis, plás”. Y me sumergí en un. sueño profundo y reparador, durante unas 10 horas.

Detalle de mi bienvenida preparada por Mariko.

Despertar en Japón

Lo mejor llegó a la mañana siguiente.
En mi primera mañana en el país del Sol naciente. 

Como ya se sabe “de noche todos los gatos son pardos”, por eso, no fue hasta esa primera mañana cuando salí a la calle a buscar un lugar para desayunar, que empecé a ser consciente de dónde estaba.

No todos los barrios son iguales

La escuela en la que iba a trabajar estaba ubicada en un barrio de Osaka, es decir no era para nada el centro de la ciudad.
Mi barrio se llamaba: Motomachi Kadomashi.

Ese “pequeño detalle de ubicación”, lo cambiaría todo.

Probablemente si hubiera estado de viaje de placer, nunca hubiera visitado mi barrio, pero iba a trabajar y tanto la escuela como mi casa, estaban ubicadas en Kadomashi.
Donde no llegaban turistas ni tampoco las luces y novedades más modernas del país. Era un barrio sencillo, tranquilo y muy oriental.

Vista de mi barrio desde un puente

Desayunar en Kadomashi

Cuando bajé a la calle esa fría mañana del mes de enero, creí que estaba dentro del rodaje de una película.

Mi barrio era tan super increíblemente auténtico japonés, que nunca hubiera sido capaz de imaginar que pudiera existir.

Para empezar no podía leer NADA de lo que ponía en las calles. Ni en los carteles, ni en los rótulos, en las tiendas… jiji nada…. esto empezaba a ponerse divertido 🙂 

Yo tenía hambre, quería desayunar, tomarme un café para poder despertarme bien, algo a lo que estoy super acostumbrada (quizás de más …). Buscaba mi café y mi tostada, como buena andaluza que soy. 

Así que empecé a caminar, a callejear entre esas pequeñas calles, con sus preciosos cartelitos que decían algo de lo que yo no tenía ni idea, pero que sin embargo, me transmitían mucha paz y serenidad.

Kadomashi era un lugar precioso. Silencioso, cuidado y limpio. Pequeñito. Agradable. Sereno y hermoso.
Sin turistas. Sin extranjeros.
Japonés. Muy japonés. 

Puesto de comida japonesa en mi barrio, ya de noche.

Recuerdo que caminaba con los cascos puestos y escuchando unas preciosas colombianas, de las que estaba absolutamente enamorada y llevaba tiempo escuchando en bucle.

Un tiempo después las bailaría en otro lugar del mundo, pero eso es otra historia…
Aún así te dejo el vídeo donde las bailo, por si quieres bichearlo. Pincha aquí.

Curiosamente, después descubriría que en Japón, las colombianas y las guajiras era uno de los palos flamencos que más gustaban.  

De vez en cuando me cruzaba con alguna persona, pero no era lo habitual. Parecía que el barrio estaba despertando y los habitantes de esta zona del mundo, no acostumbraban a caminar mucho por la calle. 

Transeuntes por el barrio.

No hay café hay sopa 

Después de caminar unos 30 minutos, callejeando y descubriendo los nuevos olores que me traía Japón, decidí entrar “en algo” que me daba la sensación de que era un bar. 

Me llené de “aventura” y empujé la puerta.
Apareció ante mis ojos, efectivamente, un bar, donde había un buen grupo de personas y donde todas, al mismo tiempo, volvieron la vista hacia mí. 

Algo que seguirían haciendo hasta que después de un buen rato, decidiera despedirme de todes y marcharme del lugar. 

Por tanto entré en el bar, bajo la atenta mirada de todas las personas que había en el lugar, como te he comentado, y me senté en la barra.

Empecé a hablar con la camarera, bueno perdón con todo el bar :), pues las respuestas a mis preguntas me las daba cualquiera de elles.

Empezó a crearse un ambiente muy tierno, divertido y cariñoso.

Cuando saqué mi libro de japonés/español y les empecé a decir en japonés 🙂 «que quería desayunar», todos se empezaron a reír de manera muy dulce y a interesarse por mí: ¿de dónde venía? ¿que hacía en Kadomashi?.

Cómo el inglés no lo hablaba ni el tato, entre gestos, expresiones y el chapurreo del japonés, entre elles decidieron que era lo que yo tenía que desayunar.

Pues la sopa la descarté, ya que aunque era lo que todes estaban desayunando, y a mí me gusta aquello de “allá donde fueres haz lo vieres”, en esa primera mañana me pilló de sorpresa y no me apetecía nada sorber sopa por la mañana. 

Así que mi desayuno finalmente consistió en:
un huevo duro y una taza de té.

 

Puerta de un bar en Kadomashi.

Por supuesto, cuando me lo sirvieron todes seguían con su mirada mi primer bocado al huevo y mi primer sorbo de té. Muy expectantes.  

Para elles yo era una extraterrestre, pues no lograban entender cómo una mujer occidental y sola, había llegado a esa parte del mundo.
Pues estoy segura, de que varios de elles nunca habían visto a una occidental. 

Cuando salí del bar, me despedí de todas y todos con una espléndida sonrisa en el corazón que se me salía por la boca.

Y esta es la historia del desayuno más extraño, divertido y singular que he vivido en toda mi vida.  

Pero mi viaje solo acababa de comenzar…

Yo misma, convertida en japonesa 🙂

Arigato Gosaimas Japón.

6 comentarios

  1. Me parece súper curioso como el flamenco logra hermanar culturas totalmente distintas. Es una maravilla.
    Deseando leer la próxima anécdota sobre Japón.

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